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DÈDALO
Aquì, bajo el tamiz del làpiz y la rama,
donde el sol y los copos se revuelcan, se apagan
y son el contorno de mis botas sobre las ùltimas hojas.
Aquì, con mis costados semejàndose a estos troncos
que ennegrecen destrinados y desolados del viento, incluso
cuando les silbo o me apoyo en ellos para reconocerme
en cuerpo y no en ànima que ambula y simula
su madera, su majadera f`òrmula de huir, su formalina.
Aquì, no en el asiento del tren donde escribo,
donde tampoco acabo nunca de llegarme, menos
en la pantalla en que corrijo y me escarbo
de todo lo que estorba con ìmpetus de toro cebado
en sìmbolos, aburrido de èstas mis estrechas veredas
y mis verdades en ellas jadeando, hediendo a vanidad,
sobre sus clamores concèntricos, sus pasmados pasillos,
sus hilachas sobadas màs de aracne que de Adriana.
Aquì, ahora atrapado en este bosque nòmina,
que la nieve, nombrada, calmosamente anega y niega
y que una luz làzara y final, llamada no llameante,
recobra, camino y columbro sin encontrar la salida,
sin ocuparme siquiera de encontrar salida.
De El amor de los parias.
(enviado desde Mèxico por Antonio Leal)
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